Desconfianza
Hace un rato, de vuelta a casa, me he pasado por una conocida tienda (?) de teléfonos móviles a ver si tenían uno de los modelos que tengo en mente para cuando jubile al actual. En principio no tengo ninguna intención de contratarlo a través de un intermediario, pero ya que me pillaba de paso he entrado sólo para poder ver los teléfonos con mis propios ojos, aunque sean una réplica, para hacerme una idea.
Por supuesto, en cuanto le he preguntado a uno de los dependientes simplemente cuánto costaba un teléfono, le ha faltado tiempo para sentarme e intentar vendérmelo ahí mismo. Lo primero que ha hecho ha sido pedirme mi número de teléfono. Le he preguntado para qué lo quería y me ha dicho que era sólo para comprobar qué ofertas había disponibles. Me ha extrañado pero no quería ponerme agresivo de buen principio y se lo he dado. Luego me ha pedido mi código postal. En Reino Unido, si conoces el código postal de cualquier persona puedes averiguar su calle fácilmente y si es una calle larga también averiguarás más o menos a qué altura. Pero como aquí el código postal lo piden para todo, tampoco le he dado importancia y se lo he dado. Luego me ha preguntado mi nombre. Le he dado sólo mi nombre de pila y con eso ya se ha dado por satisfecho, se ha presentado y me ha dicho que hoy me iba a ayudar. ¡Alerta roja!
Me ha enseñado un par de ofertas que en perspectiva debo reconocer que eran bastante buenas, porque si contratas el teléfono directamente con mi compañía actual te sale más caro, pero en aquel momento me han parecido bastante caras. También me ha ofrecido 40 libras por mi teléfono actual, que a estas alturas vale bastante menos pero del que en cualquier caso no me quiero desprender. Le he dicho que la cuota mínima de 40 libras al mes me parecía mucho dinero y me ha preguntado si es que no me lo puedo permitir (!). Le he dicho que el problema no era ése, sino que tenía que pensarme si valía la pena pagar ese dinero por un teléfono móvil. Tras intentar venderme un iPhone, que salía incluso más caro (!!), finalmente se ha dado por vencido y me ha dicho que vale, que me lo piense.
Entonces le he pedido si me podía quedar la hoja donde había apuntado mi nombre, teléfono y código postal. En ningún momento había utilizado esos datos para “comprobar ofertas” y ya le veía con la intención de quedárselos para véte a saber qué. Ha empezado a trasladar las ofertas a otra hoja, pero yo he insistido en que quería la original. Me ha dicho que ésa era para sus “records”. Entonces le he dicho claramente que esa hoja tenía información personal y que no quería que se la quedara. Ha sonreído, me ha dicho que me la quede, le he dado las gracias con otra sonrisa y me he ido.
Una cosa que aprendí en mi breve carrera ejerciendo trabajos basura dentro de grandes multinacionales es que no hay que dejarse engañar por la retórica de sus empleados. En todas las empresas de este tipo en las que he trabajado nos venían marcadas las frases que teníamos que utilizar. La intención era sonar amable y como si estuviéramos de parte del cliente, cuando en realidad lo que hacíamos era salirnos con la nuestra y conseguir los objetivos que nos venían fijados. Ahora cuando me enfrento a grandes empresas como cliente soy muy consciente de que tengo que ir con mucho cuidado. Muchas veces te ponen en una situación en que para no dejarte tomar el pelo tienes que ser hasta maleducado, como cuando este señor me ha preguntado mi número de teléfono y código postal. ¿Para qué los quería realmente? Si hubiese aceptado la oferta le hubiese tenido que dar ésa y mucha más información, como mi dirección completa y cuenta bancaria, pero si sólo quiero saber cuánto vale un teléfono, ¿realmente para qué necesita esa información y por qué me pone en una situación en que no puedo saber ni cuánto me va a costar un teléfono sin dársela?
Sí, definitivamente me he vuelto más desconfiado frente a este tipo de empresas, pero si algo he aprendido en ellas es que al cliente hay que satisfacerlo lo justo para conseguir sacarle cuanto más dinero, mejor. Hay que saber hasta qué punto seguirles el juego y sobre todo tener muy claro qué es lo que queremos, para no caer víctimas de la “venta sugestiva” o de ofertas que en realidad tampoco salen tan a cuenta.
Una diferencia cultural entre Inglaterra y Barcelona que me parece interesante es la actitud ante la lluvia.



